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Nunca digas estas dos palabras en una pelea de pareja: puede arruinarlo todo

¿Te has preguntado alguna vez si existe una forma “buena” de pelear en pareja? Spoiler: no es intercambiando vajilla por palabras, sino evitando dos vocablitos que pueden transformar cualquier discusión en una catástrofe emocional. Los terapeutas y especialistas en relaciones de pareja nos iluminan en este delicado (pero necesario) arte…

Discutir: ¿enemigo del amor o elemento imprescindible?

El amor no siempre es color de rosa, y quien diga lo contrario claramente se alimenta sólo de películas románticas empalagosas. Con el paso del tiempo, esa pasión efervescente de los primeros días da paso a responsabilidades, compromisos y, sí, también discusiones. Aunque menos idílico que lo que nos venden en las películas, estos aspectos forman la base de una relación de pareja sana. Sí, sí, incluso las peleas.

Muchos tienden a evitar los conflictos como si fueran la peste. ¿Las causas? Una dictadura del positivismo (a veces nos pasamos de positivos, hasta caer en la positividad tóxica), el miedo al conflicto o el temor a provocar una ruptura. Se demonizan las discusiones porque se asocian a emociones negativas; aunque quizás deberíamos llamarlas desagradables. Sin embargo, discutir tiene su razón de ser: demuestra que ambos miembros de la pareja se sienten lo suficientemente seguros para compartir sus opiniones, aunque no siempre coincidan. También evidencia la capacidad de afrontar desacuerdos y asumirlos frente al otro. En definitiva, discutir forma parte fundamental de una buena comunicación en pareja.

Peleas mal llevadas: el peligro acecha

Pero, ¡ojo! Discutir bien es todo un arte. Si las peleas se “gestionan mal”, pueden aparecer fisuras irreparables que consumen la pareja de forma silenciosa y acaban, tarde o temprano, en una ruptura definitiva.

¿Cuál es la trampa en algunas discusiones? Varios especialistas advierten sobre el uso de dos palabras en particular (te las desvelo en un momento, no desesperes). Según los expertos, estos términos resultan muy poco constructivos durante los intercambios acalorados. ¿Por qué? Son definitivos, tajantes e irreversibles. No sólo amplifican el problema —sea el que sea—, sino que exageran la situación y tienden a caricaturizar y demonizar al compañero o compañera. Un drama innecesario, vamos.

  • “Eres siempre negativo”
  • “Nunca me prestas atención”
  • “Es increíble cómo siempre logras eludir tu responsabilidad”

Estas frases funcionan como auténticos electroshocks emocionales: provocan una reacción, claro… pero ni de lejos la que uno espera sacar de la chistera.

El efecto búmeran de “siempre” y “nunca”

Pensémoslo: ¿qué pasa cuando alguien te dice que siempre haces tal cosa o que nunca te preocupas por otro tema? Exacto: en vez de abrirnos al diálogo, solemos ponernos a la defensiva, bloquear la autocrítica y desear, por encima de todo, demostrar que el otro está equivocado. Ahí, la discusión que podría haber sido constructiva se transforma en una pelea de egos, donde ya no importa el bienestar de la relación sino salir vencedor imponiendo la propia visión del mundo. Así lo explica Marjorie Cambier, sexóloga y psicóloga clínica.

Por si fuera poco, si esta clase de términos va acompañada del dardo envenenado del “tú”, la cosa empeora. No sólo le dices cosas desagradables al otro, sino que lo señalas con el dedo, lo acusas y le reprochas todo junto. Combo explosivo asegurado.

Alternativas para discutir (sin terminar durmiendo en el sofá)

¿Hay esperanza? ¡Por supuesto! Tara Griffith, terapeuta de pareja citada por el Huffington Post, recomienda prescindir del “tú” y de los lapidarios “siempre” y “nunca”, apostando por el yo: “Yo me sentí herida y descuidada ayer cuando no ordenaste tus cosas antes de la llegada de los invitados, como te lo había pedido. La próxima vez, realmente agradecería que me ayudaras”. ¡Nada que ver con un ataque directo!

Los especialistas recomiendan usar palabras más matizadas. Atrévete a dejar de lado los grandes “siempre” y “nunca”. En vez de eso, según los consejos recogidos por Cosmopolitan, es útil preferir adverbios que precisen la frecuencia del problema:

  • a veces
  • a menudo
  • rara vez
  • poco

Estas alternativas ponen el dedo en la llaga —¡pero sin machacar el pie del otro!— y permiten señalar el problema sin cargar toda la responsabilidad sobre la pareja.

En definitiva, amar de verdad también es saber discutir de verdad. El objetivo no es lanzar frases lapidarias, sino abrir caminos de diálogo, aunque haya tormenta. Recuérdalo para la próxima pelea: cambia los “siempre” y “nunca” por matices, reformula usando “yo” y, sobre todo, no pierdas de vista que la pareja perfecta no existe (ni en el cine ni en la vida real). Pero sí existen parejas que saben hablarse… incluso cuando se enfadan.

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