México ha logrado una transformación importante desde la crisis financiera de 1994, conocida como la crisis del Tequila. Sin embargo, su estabilidad macroeconómica contrasta con un crecimiento económico que continúa por debajo del de varias economías emergentes.
La experiencia de México vuelve a cobrar relevancia en 2026, mientras Francia enfrenta dificultades fiscales, inestabilidad política y presiones financieras. A diferencia de México hace tres décadas, el país norteamericano cuenta ahora con una moneda de tipo de cambio flexible y un sistema financiero más resistente frente a las turbulencias internacionales.
En 1994, la situación mexicana era muy diferente. El país acumulaba desequilibrios financieros, atravesaba una transición presidencial marcada por la violencia política y mantenía el peso vinculado a un tipo de cambio que resultó insostenible. Cuando el nuevo gobierno de Ernesto Zedillo intentó flexibilizarlo, los mercados reaccionaron con fuerza y provocaron una devaluación masiva.
Las consecuencias fueron devastadoras. A finales de 1995, la inflación superó el 50 %, mientras que el sistema bancario sufrió enormes pérdidas.
Desde entonces, México ha priorizado la disciplina financiera y la reducción de su dependencia del capital extranjero. Incluso durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el país mantuvo buena parte de las políticas macroeconómicas que habían contribuido a recuperar la confianza de los mercados.
Actualmente, la inflación se mantiene relativamente controlada y el peso mexicano puede fluctuar según las condiciones del mercado. Esta flexibilidad ayuda a reducir el riesgo de otra crisis cambiaria como la de los años noventa.
La estabilidad financiera de México tiene un costo: el bajo crecimiento económico
Aunque México ha fortalecido sus finanzas, su desempeño económico a largo plazo plantea interrogantes. El país no ha conseguido igualar el crecimiento de economías como Corea del Sur, que hace varias décadas partía de una posición económica menos favorable.
En 1968, el PIB per cápita de México rondaba los 616 dólares, aproximadamente tres veces el de Corea del Sur. Para 1988, Corea del Sur ya había superado ampliamente a México. En 2025, la diferencia seguía siendo considerable: el PIB per cápita surcoreano alcanzó unos 36.277 dólares, frente a los 13.889 dólares de México, según las cifras citadas en el artículo original.
Una de las principales diferencias radica en las estrategias de desarrollo. Mientras Corea del Sur impulsó la innovación, la industria y las exportaciones, México concentró buena parte de sus esfuerzos en evitar otra crisis financiera.
Después de 1994, el país reformó su sistema bancario, fortaleció la regulación financiera y desarrolló un sistema de pensiones basado en las administradoras de fondos para el retiro, conocidas como Afores.
Estos fondos se han convertido en importantes compradores de deuda pública y corporativa mexicana. Su capacidad para invertir en pesos permite al país financiarse con recursos nacionales y disminuir su exposición a los cambios en los mercados internacionales.
No obstante, México continúa enfrentando obstáculos estructurales. La elevada informalidad laboral, la limitada recaudación fiscal, la concentración empresarial y la falta de inversión suficiente en infraestructura dificultan el crecimiento de la productividad.
La situación de Petróleos Mexicanos (Pemex) también representa un desafío para las finanzas públicas, mientras que las necesidades de inversión en transporte, energía y otros servicios esenciales siguen siendo importantes.
Además, las advertencias de las agencias calificadoras sobre la deuda soberana muestran que la estabilidad financiera no elimina todos los riesgos fiscales.
El principal desafío de México es encontrar un equilibrio entre estabilidad y crecimiento. La disciplina macroeconómica ha permitido al país resistir crisis internacionales y reducir su vulnerabilidad financiera, pero ahora necesita impulsar la innovación, la inversión productiva y la competitividad para mejorar el nivel de vida de su población.
La experiencia mexicana demuestra que evitar las crisis es fundamental, pero no suficiente. La siguiente etapa de su desarrollo dependerá de su capacidad para convertir la estabilidad financiera en un crecimiento económico sostenido.